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NOTICIAS - Opinión
Escrito por Jesús Bermúdez   
Miércoles, 10 de Diciembre de 2014 22:05

Los años 90 fueron muy duros para los trabajadores y el pueblo en general, desempleo, inflación, hambre, miseria y represión signaron aquellos años, y como consecuencia se produjeron: divorcios, suicidios, desahucios o desalojos, la estafa cambiaria o mejor dicho el robo a nuestras prestaciones y a los ahorros, quiebras de pequeños comercios y negocios, deserción escolar, media y universitaria, en fin era la plaga neoliberal desatada en toda su expresión contra el pueblo. Las gestiones gubernamentales al servicio del gran capital, intentaron resolver la crisis de la burguesía sobre la base de la expoliación y saqueo al pueblo venezolano.

 


La crisis de los noventa tuvo su máxima expresión económica con la devaluación del año 1983 bajo el gobierno de Luis Herrera  Campins. El control de las divisas paso a ser ejercida directamente por el Estado venezolano. Atrás había quedado la rebatiña de dólares del boom petrolero de los años setenta. Comenzaban a gestarse las políticas neoliberales. Comenzaba otra historia. El Pacto de Punto Fijo, ahora repotenciado por el Consenso de Washington, tenía el camino libre.

Años más tarde, El Pacto de Punto de Fijo o Pacto de Nueva York, columna vertebral del sistema político venezolano, fue herido de muerte por los acontecimientos del Caracazo de febrero y marzo  de 1989. Evento que hizo prender las alarmas en el seno de la burguesía nacional para intentar diseñar otro mecanismo para salvaguardar sus intereses.

Nace la Comisión para la Reforma del Estado, conocida por sus siglas como el COPRED, cuya misión era reformar el Estado ante el evidente desgaste del sistema político venezolano, misión abortada por los sucesos del 3 y 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992, los venezolanos habían decidido tomar otro rumbo. La senda estaba señalada.

Hoy como ayer, la crisis recurrente del capitalismo toca nuestras puertas, esta vez las condiciones son otras; estamos listos, en aquella época durante la crisis de los noventa aprendimos a soñar,  a ejercer en colectivo, a profundizar la solidaridad, a hermanarnos ante las dificultades, pero sobre todo, aprendimos a andar juntos de la mano con nuestro comandante eterno.

En las décadas de los ochenta y noventa el joven Nicolás Maduro en su condición de líder estudiantil, sindical y político supo zanjear las dificultades de aquel entonces. Hoy, gracias a Dios, al pueblo y al comandante Chávez lo tenemos como el primer conductor del país con la seguridad que también sabrá conducirnos con bien ante los nubarrones que asoman. No hay duda.

Ayer y hoy
 
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