Las mandarinas de 1989 PDF Imprimir E-mail
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NOTICIAS - Opinión
Escrito por Jesús Bermúdez   
Lunes, 09 de Febrero de 2015 10:44

Llega el mes de febrero de 1989, las esquinas de Caracas estaban abarrotadas de mandarinas dulces, de esos colores naranja brillante provenientes de la región de Araira, Estado Miranda. Desempleados, estudiantes, universitarios, mendigos,  saciábamos el hambre o en el comedor de la UCV o comiendo  mandarinas, muchas mandarinas. En aquel entonces, como ahora, Caracas rebosaba de mandarinas.

En las mesas navideñas de los caraqueños no faltan las mandarinas compitiendo por el gusto de nuestros paladares. Pero, una vez llegan los meses de enero y febrero acompañados por la incomodidad de los ajustes económicos  propios de la época (la peladera), entonces la fruta pasa a ser el dulce necesario para mitigar el hambre, la sed, y la merienda en las loncheras de los niños.

Corro el riesgo no deseado de politizar una fruta inocente de todo; en febrero y marzo de 1989 el cítrico pasó  a hacer una fruta compañera de todos quienes en ese momento vivimos de alguna manera  los estallidos sociales que se produjeron en Caracas, Guatire y Guarenas. Como consecuencias de  aquellas medidas dictadas por Fondo Monetario Internacional cuando se anunciaba, más hambre, miseria y represión. La mandarina siempre estuvo y ha estado ahí, fiel, afortunadamente para bien. Una mandarina no le hace daño a nadie. Todo lo contrario pasa a ser un bálsamo en medio del dolor.

En medio de los saqueos, las balas y el caos reinante en febrero – marzo del 89, siempre aparecía una mandarina, bien sea por alguien la repartía o caía de alguna parte, trayendo la esperanza. Además, la mandarina se convirtió en testigos de aquellos lamentables acontecimientos. ¿A cuántos desaparecieron  o asesinaron con una mandarina en la mano o su sabor entre sus labios? Durante los allanamientos que siguieron a los saqueos, militares, policías o jóvenes fuertes  reclutados entre la población civil, derribaban puertas a golpes de mandarria buscando sospechoso, universitarios, afines  u objetos sustraídos de los saqueos. Al final, éstos salían de las casas o apartamentos casi siempre con una mandarina entre sus manos. Al final de la dura jornada siempre se agradecía un gajo de mandarina.

Debo hacer especial mención a los recolectores, fruteros y transportista de las mandarinas de aquella época y de la presente, a la higiene natural dada por la concha del fruto y su capacidad natural de conservación,  condiciones que mantienen el cítrico accesible en las horas difíciles de los febreros y marzos de nuestras angustias. Gracias mandarina.

Las mandarinas de 1989
 
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